sábado, 13 de noviembre de 2010

El Matasiete

Hay una línea; para arriba cielo, para abajo pasto. La pampa. A lo lejos, se ve un punto que se viene haciendo gaucho. Es el Matasiete, un soldado rosista que trabajaba en un matadero de Barracas y que se vino para acá cuando cayó el tirano.
Le dicen el Matasiete pero solo tiene tres muertos. El último, acaso el más recordado, fue un unitario que mató de manera mala y que no describo por pudor a las damas. Así no se mata a un hombre.
Sobrevivió a Caseros y se amancebó con una de por acá que ya tenía hijos. Ahora esta yendo a la pulpería para quemarse la garganta con grapa y con gritos. Quiere jugar al naipe, tocar la guitarra y cantar la zamba del pato. Por la mañana, regresaría a su casa si no fuera porque el Matasiete esta noche va a morir.

Nunca me aficionó la baraja pero me dijeron que jugar al truco es fácil. El Matasiete sabe jugar a lo que sea y juega bien y juega por plata, porque un hombre juega por plata, sino no juega.
Los otros también saben. Uno es un gaucho payador que le dicen Martínez Fierro y que viene de Ayacucho. No canta mal pero se nota cuando exagera el dialecto gaucho. Dice “culandrera”, “vigüela”, “indino”. No sé. Acá nadie habla de ese modo.
El compañero es uno de esos negros de los que todavía no murieron en las guerras. Me dijeron que el otro le mató al hermano sin motivo y que cuando este le vino a vengar la injusticia lo resolvieron con una payada. Ahora están jugando juntos. La historia me resulta inverosímil.
Del otro no retengo el nombre. Supongo que el Matasiete lo aprecia porque están jugando de compañeros y porque cuando muera le va a pedir una encomienda. De todos modos no me gusta su actitud. No tiene coraje. Si hubiera actuado como amigo con un consejo oportuno, el Matasiete quizás habría podido salvarse. Que en la mala falte Dios pero no el amigo.
El lector, más ducho que yo en los juegos de la baraja, sabrá que al truco se juega de a cuatro personas y que tienen que mentirse y especular qué cartas tiene el otro. Un juego de mentirosos que se le dice. De las apuestas no sé nada y nadie me ha podido ilustrar al respecto.
Los cuatro están jugando en las mesas de por allá, donde juegan los que saben porque casi no llega la música, ni los gritos, ni los mirones que son los peores porque te dan mala suerte. Hay dos grupos más disputándose a las cartas y dos que son viejos juegan al ajedrez. Para el otro lado, están tres mujeres loras que se van con los hombres por un billete de a cinco.
Es sábado y la guitarra corre de mano para que cualquiera la toque. La guitarra se parece a la lora. Alguno de los ejecutantes canta algo que tiene malas palabras y que ahora se llama tango. Dicen que se la enseñaron los negros. Cada tanto algún parroquiano borracho le da una moneda a la mujer para bailar pegado y frotarla. La lora aprovecha para decirle entre risas que por un billete se pueden ir al cuarto.
El Matasiete es de mala bebida y se pone bravo con las copas. En la pulpería no tiene buena fama y los parroquianos tratan de evitarlo. Los gauchos trabajan todo el día y no vienen a pelearse. Vienen a jugar, a saber cómo va la guerra y quién gobierna en Buenos Aires, vienen a bailar y a tirar la taba.

Lo cierto es que el Matasiete llevaba perdiendo cuatro partidos y estaba por perder otro. La borrachera lo desconcentraba y no reía. Se había arremangado porque sentía calor y cada tanto se rascaba la cabeza. Tenía el ceño fruncido, enojado, como un gaucho que quiere pelear.
Alguien, un imprudente, gritó entre carcajadas: “te están dando como al unitario”. Las risas sonaron forzadas, falsas. Eran risas para humillar. Ya dije que el Matasiete no era querido.
El Matasiete no se rió porque estaba perdiendo y porque estaba nervioso y porque esa noche no reía. Lo del unitario era cierto pero había pasado hacía mucho. Nadie supo cómo llegó el rumor a estos pagos. La gente es chismosa.
El gaucho pidió otra botella de grapa para tomar solo. El pulpero, un tal Recabarren, mencionado en algún cuento de Borges, tendrá pronto un ataque que lo dejará paralítico para siempre.
El Matasiete comenzó a mezclar los naipes mirando serio a los dos rivales. Las cartas le hervían y siempre eran malas. La borrachera no le dejaba escuchar al paisano que cantaba y le sonaba un ruido lejano, difuso y sin sentido.
-Me quería dejar como a un bruto delante de los muchachos- dijo tirando una carta sobre la mesa. Tomó un trago y un chorro se le fue por la comisura de los labios –En ese tiempo a mí nadie me trataba como a un bruto-.
-¿Perdón?– preguntó Martínez Fierro mientras mezclaba las cartas. El Matasiete se paró porque quería pelear y en voz demasiado alta dijo: -que con el Supremo, a los pobres nadie nos tocaba el culo, señor-.
-Pues por mí, no hay problema- respondió Martínez Fierro con una sonrisa en los labios que se le asomaba por la barba.
-Siéntese amigo, acá nadie lo va a pelear- invitó el moreno.
El Matasiete se sentó. Estaba enojado tal vez por el partido, tal vez porque con cortesía le habían rechazado una provocación, tal vez porque le recordaron al unitario.
-Pulpero, otra ginebra- reclamó golpeando la mesa. Pidieran lo que pidieran Recabarren siempre servía lo mismo. Allí solo se servía grapa o lo que sea pero que Recabarren compraba a nombre de grapa y vendía ante cualquier denominación. Whisky, ginebra, grapa. Al gaucho no le importa el nombre. Lo importante es que queme. Recabarren se acercó con otra botella y sirvió con la mano temblorosa, tal vez síntoma de su futura parálisis; tal vez síntoma de que las cosas no andaban bien.

El Matasiete le dijo “truco” a sus dos oponentes. El moreno respondió “quiero” y tiró el uno de espadas. Creo que volvió a ganar. Cualquier juego es sonso para el que no conoce.
-¿Qué me vienen a hablar de ese unitario hijo de puta?, con Rosas, los ricos también tenían que cumplir la ley, carajo- dijo el Matasiete lo suficientemente alto como para que se escuchara y se quedó observando a Martínez Fierro con la mirada seria.
El payador respondió a la mirada, no a la voz- Parece que el amigo es rosista-.
-Soy de Rosas, del general Pacheco y de Facundo Quiroga que mataron ustedes en la Barranca del Yaco- la cara del Matasiete permanecía fruncida, rara. La cara invitaba a pelear.
-Discúlpeme señor, pero ese palo no es para mi gallinero- respondió el payador- fíjese que no soy unitario y que alguna vez le canté al Chacho Peñaloza. Ése sí que peleaba por el gauchaje. Ése nunca iba a irse para la Inglaterra, donde viven los ricos-.
-¿Lo dice por el Supremo? Sepa que no huyó y que va a volver y ya verá lo que hacemos con los unitarios que nos quedan- amenazó el Matasiete. Nadie respondió.
El moreno mezcló los naipes y los repartió para empezar una nueva mano. Esta será la última. El Matasiete tomó un trago antes de fijarse cuáles eran sus cartas. La falta de respuesta a sus provocaciones lo enervaba. Notaba que se reían de él.
-Sepa señor que yo, que soy el Matasiete, federal hasta la punta del pelo y rosista hasta que me vaya para el otro mundo. Yo jugué mi vida en Caseros y vi cómo los muchachos pintaban el pasto de rojo por la federación. Esos eran valientes- el Matasiete se había parado otra vez.
El moreno y Martínez Fierro miraron al compañero del Matasiete para que lo calmara pero éste no hizo nada. Por eso dije que no me gustó la actitud. –Sepa señor que yo fui encargado del matadero de La Encarnación. Yo mataba las vacas que comían el Supremo y su señora esposa, Doña Encarnación Ezcurra, que en paz descanse- el Matasiete alzó el cuchillo de matarife bien alto como para que todos pudieran ver su audacia y lo clavó en el medio de la mesa. El cuchillo atravesó el seis de espada. Conservo la carta como recuerdo del episodio.
-Me rompés la mesa, borracho- gritó Recabarren saliendo del mostrador. Alguien lo contuvo.
El parroquiano que estaba cantando se calló cuando vio aquel incidente. La pulpería se hizo silencio. El silencio es parecido a la muerte. Hasta un vasco que estaba en el cuarto fue a mirar sin terminar el turno. Una de las loras se persignó en la estrella de David que tenía en el cuello.
-Mire señor- dijo Martínez Fierro mirando el cuchillo clavado frente a él- yo soy un gaucho desgraciado como lo señalo en mi biografía. Estuve tres años en la frontera, dos como desertor y cinco en el desierto con unos indios que nunca quise. Ahora trabajo de payador, quiero mandar a los chicos a la escuela, no me obligue a salir de la ley otra vez-.
Las palabras de Martínez Fierro fueron sensatas. La segunda parte de su libro ya mostraba cómo se había amansado. No critico al payador porque nadie lo hizo. Cualquier lector neutral podrá darse cuenta de que el Matasiete fue el provocador. El que me juzgue tendencioso que verifique con otro testimonio.

Se tiró al suelo; al dentrar;
le dio un empellón a un vasco,
y me alargó un medio frasco
diciendo: -Beba cuñao.-
-Por su hermana-, contesté.
-Que por la mía no hay cuidao.-

-¿Ah, gaucho!-, me respondió
-De qué pago será criollo?
lo andará buscando el hoyo?
deberá tener buen cuero?
porque donde bala este toro
no bala ningún ternero
.-

Canto VIII (Martín Fierro)


El Matasiete seguía mirando serio. Sacó el cuchillo que había clavado en la mesa con la mano derecha y agarrando el vaso de grapa le dijo al payador: “beba cuñado”.
Martínez Fierro se paró, sacó su facón y respondió: “con mi hermana no se meta”. Un golpe y el vaso que rueda y se estrella contra el piso. Los espectadores retrocedieron para dejar lugar –Cuñado me dirá por su hermana que por la mía no hay cuidado-.
Vi al moreno tomar la guitarra y retirarse entre la gente. Antes de salir dirigió al público las siguientes palabras: – al que me joda ningún cuchillo, pelo el tiracuhete y lo cago a tiro- La declaración era un síntoma de que con la pólvora se empezaban a acabar los guapos.
El Matasiete aligeró el vocabulario: -¿Ah gaucho!- dijo a modo de incitación.La borrachera le confundía las expresiones, no se sabía si era una pregunta o una exclamación. Estaba más concentrado en la pelea que en el diálogo.
Martínez Fierro ya decidido le respondió mientras mostraba el facón como para darse ánimo: -¿De qué pago será criollo, lo andará buscando el hoyo, deberá tener buen cuero, porque donde bala este toro, no bala ningún ternero?-. La respuesta era extensa pero tenía gracia y estaba bien rimada. Se notaba que era payador.
Algún parroquiano inoportuno corrigió el error semántico: “los toros mugen, las ovejas balan”.

Los dos gauchos ya habían entrado esos mismos cuchillos en cuerpos cristianos. En este momento nada suena; ni la mesa que corren, ni el grito de una mujer, ni la respiración de los duelistas. Los brazos, el pelo de la barba oscura, la espalda arqueada, el movimiento de la mano, el sudor, el brillo de los cuchillos, los dientes apretados, los ojos. Un paso atrás y el rostro del Matasiete que se contrae, porque siente el hierro hurgándole el estomago. No quiso correrse. Prefirió que el tajo fuera grande para morir rápido. Entristece ver la cara de un moribundo.
El payador se fue despacio para que supieran que no estaba huyendo.

La lejanía del recuerdo y la falta de recursos me impiden expresar la angustia de aquel momento. Me limitaré a retransmitir las palabras del acuchillado. Que el lector complete el dramatismo como crea necesario. El interlocutor al que se le pide la encomienda es el compañero que ya he mencionado:
-Cuando venga el Supremo dígale que acá muere un soldado suyo, que muere con la divisa puesta para que sepan que fue federal y dígale que muere pobre sin un centavo de más, no como esos que andan cenando con el maestrito sanjuanino. Porque yo fui su soldado porque quise, porque los ricos me dan coraje y porque siempre me gustó defender la causa federal. Muero pobre, borracho y bravo, pero tengo derecho a estar orgulloso por la causa-.
A continuación, el Matasiete refirió la encomienda que ya fue anunciada tres veces: -Quiero que lleve este cuchillo donde estaba el matadero de La Encarnación. Entiérrelo ahí, en una tumba que le hicimos a un pibe guacho que murió en un accidente. Después de todo lo hicimos por ellos. Entiérrelo ahí. Alguna vez, alguno de esos pibes va a venir y va a instalar la federación para que a nadie se trate como a un bruto y para que las cosas se hagan como tiene que ser. El cuchillo le va a servir-.
El Matasiete respiró por última vez, apretó los dientes y gritó como mordiendo las letras: “viva la santa federación, mueran los malditos, salvajes, inmundos unitarios”.
En ese tiempo se tenía por costumbre desalojar la pulpería en caso de una muerte violenta. Los parroquianos se fueron en silencio y Recabarren cerró la puerta. Hasta donde yo vi Recabarren gozaba de perfecta salud.

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